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portada A Las Cinco De La Tarde
Ficha del Libro:

Título: A Las Cinco De La Tarde    comprar
Autor: Adrian Shubert
Editorial: Turner
I.S.B.N.-10: 8475065317
I.S.B.N.-13: 9788475065311
Nº P´gs: 340


A Las Cinco De La Tarde
por Antonio Ruiz Vega

  Hay libros que interpretan magníficamente los datos existentes y les dan forma y sentido. Otros, por el contrario, recogen los resultados de una paciente investigación y están abiertos a que los sucesivos lectores entren en ellos y se sirvan de los datos en ellos recogidos para sacar sus propias conclusiones.

Este de Adrian Shubert pertenece más bien a la segunda opción e incluye una cantidad considerable de datos poco conocidos, extraídos sin duda de prolijas encuestas e investigaciones archivísticas.

Si tratamos de un tema como el toreo lo normal es que nos encontremos con una bibliografía donde abundan las obras genialoides sin apenas apoyatura documental. Es un género fácil para el delirio, la especulación gratuita, el afán hagiográfico y, generalmente, para la más evanescente de las prosas.

Por ello se agradece un libro sólido y contundente como este del norteamericano Adrian Shubert, verdadera cantera de donde podrían sacarse numerosas conclusiones y nuevas visiones sobre la fiesta.

El tono, en general, es el de benevolente curiosidad, bastante ayuna de pasión, del que se acerca a nuestra fiesta desde una cultura y una idiosincrasia muy diferentes. Shubert es norteamericano y recoge, no sin humor, los excesos antiyanquis del mundillo taurino en los años del 98. Y denota también su origen cuando establece cándidos paralelismos y comparaciones entre el mundo del toreo y el del Base-ball o el boxeo…

La lectura del libro, amenísima, no decae porque los temas están agrupados de modo sugerente y porque el fluir de datos y referencias históricas es continuo.

A quien le interese lo taurino tiene aquí mucha mecha que quemar pero también el que, sencillamente, quiera saber en qué pensaban o qué hacían los españolitos de los últimos tres siglos, tendrá un buen hueso que roer.

Aunque los orígenes son remotos parece evidente que el toreo tal y cómo lo conocemos no parece remontarse más allá de estas tres centurias pasadas y es en este lapso cuando van definiendo las señas de identidad de una fiesta que, en lo esencial, es bastante reciente.

Aclara Shubert que toros se corrieron y mataron por toda Europa, existiendo plazas más o menos "ad-hoc" en muchos lugares, por ejemplo Londres (las últimas corridas inglesas se celebraron en Stamford, en 1840 cuando, tras una larga campaña de desprestigio mantenida por los abolicionistas, un cuerpo de dragones del ejército intervino para apoyar a la policía que, por sus propios medios, era incapaz de aplicar la ley a los "aficionados"). Y que en Francia se toreó con bastante fruicción por casi todo el país hasta que los siempre aguafiestas amigos de los animales iniciaron particular reyerta contra todo lo taurino hasta conseguir que los toros sólo pudieran seguir matándose en las plazas del Sur, donde una tradición ya antañona hacía casi imposible su erradicación…

Lo primero que llama la atención en este libro es la inmensa popularidad de que siempre han gozado los toros en España. En líneas generales las corridas han sido un negocio redondo. Para los toreros, que pasaron a ser los profesionales mejor pagados de la escala social, los empresarios, los ganaderos y, en suma, un sinfín de instituciones que se acostumbraron a lo largo de los años a subvenir sus necesidades a base de patrocinar corridas.

Como se recoge en la página 13 "no sólo son los toros una importante realidad de la historia de España desde 1740 (…) sino que –y lo digo de la manera más expresa y formal- no se puede escribir la historia de España desde 1650 hasta nuestros días sin tener en cuenta las corridas de toros". (Ortega y Gasset).

De la trascendencia de las corridas de toros da idea que en la temporada 1892-1893, la de la retirada de "Lagartijo" el obispado de Madrid accediera a cambiar el horario del mismísimo Corpus Christi… para que no coincidiera con los festejos.

Es un tópico de los antitaurinos el insistir en el carácter semifascista del toreo, pero a poco que se bucee en el libro de Shubert puede uno darse cuenta de todo lo contrario. La fiesta no sólo fue patrimonio del pueblo sino que con mucha frecuencia fue combatida por la Iglesia y los poderes públicos. Por el contrario las sociedades obreras de resistencia recurrieron siempre a las becerradas y corridas para financiarse. En los primeros años del siglo XX vemos corridas organizadas en Madrid por los trabajadores del tranvía, los peluqueros, los zapateros, el Centro de Trabajadores republicanos de Buena vista, la Organización de Empleados de la Lonja de Vinos y Licores, etc. El advenimiento de la II República fue celebrado en Valencia con una corrida de toros y en Alicante, en 1937, el Partido Comunista celebró un festejo a beneficio de las milicias (¡a lo mejor los toros eran de la ganadería del Frente Popular!, se pasma el autor).

No fue sino tras numerosas experiencias y discusiones que los cosos permanentes comenzaron a construirse sobre planta circular. Las primeras plazas estables solían ser cuadradas, hasta que la experiencia demostró que los toros pastueños terminaban siempre por acogerse a la querencia de las esquinas, de las que era muy difícil sacarles.

El mismo toro de lidia, al que los inconsecuentes antitaurinos quieren salvar la vida, es un ejemplo de cómo la selección natural (ayudada por el hombre) puede inventarse un animal que antes no existía en la naturaleza. El toro bravo fue "un producto cultural" contemporáneo y semejante al caballo pura sangre, "inventado" para la cacería del zorro y para las carreras (pág. 48).

Alrededor del toreo se establecieron una serie de "industrias" auxiliares como el cartelismo taurino y, sobre todo, la prensa taurina. La relevancia de este tipo de periodismo fue enorme. Fustigando siempre los vicios de la fiesta su relación con toreros y ganaderos no siempre fue idílica. En 1874 el director de El Toreo fue apaleado en plena calle por el diestro Frascuelo, que había sido criticado por la publicación. En muchas otras ocasiones tanto toreros como apoderados o ganaderos se curaban en salud recurriendo al soborno.

Mundo conflictivo, conoció movimientos asociativos de toreros, intentos de cárteles por parte de los empresarios, rebelión de los sufridos subalternos e incluso llamamientos a la Huelga General del casi siempre decepcionado "aficionado".

El fenómeno de los toreros como ídolos de masas es también notable. Y por razones obvias. Los toreros de fama cobraban cantidades astronómicas de dinero por su ejercicio profesional. Un matador como Mazzantini podía ganar en una sola tarde lo que un profesor de bachillerato cobraba al año. Se calcula que Lagartijo ganó en un solo año, 1882, lo que un juez ganaba en dieciséis de ejercicio profesional…

La pasión que el pueblo sentía por ellos llegaba, literalmente, a la idolatría. Cuando el torero Tato fue cogido en Madrid la prensa publicaba boletines periódicos sobre su estado. Y cuando, pese a la dedicación de los médicos, perdió una pierna por la gangrena, que hubo que amputarle, la extremidad fue colocada en un frasco con alcohol y expuesta en una céntrica farmacia de Madrid. Años después la farmacia fue víctima de un incendio y "muchos aficionados se arrojaron a las llamas para rescatar la reliquia".

Cuando Mazzantini fue corneado en Sevilla el ayuntamiento ordenó enarenar las calles adyacentes al hotel donde convalecía para que el ruido de los carruajes no turbara su sueño.

La intelectualidad, por lo demás, siempre ha estado dividida sobre el tema. Y no sólo la nacional. Byron glosó las corridas y el propio Rousseau dejó escrito al hablar de los espectáculos al aire libre adecuados a cada pueblo: "Miren a España, donde las corridas de toros han contribuido mucho a mantener vivo el vigor del pueblo".

En 1897 el torero Teodoro Lamadrid visitó los Estados Unidos y presenció en Princeton un partido de football americano entre este equipo y el de Yale. Lo encontró mucho más violento que una corrida: "Esto es una salvajada ¿Cómo pueden decir los americanos que esto es un deporte?". Tampoco le gustó el estadio "a cielo abierto, sin techo que proteja a las damas del viento o de la lluvia o de la nieve". También le escandalizaron los modales zafios de los jugadores: "En mi país, un torero primero hace el paseíllo y saluda al público".

En la página 256 el autor, norteamericano, no tiene empacho en describir las corridas "patrióticas" que se celebraron tras la derrota de 1898. "Cacheta", por ejemplo, brindó un toro "…porque no quede un yanqui en todo el universo" y Mazzantini propuso que "el importe íntegro que se recaude en esta corrida se destine en dinamita para hacer saltar en mil pedazos a ese país de aventureros que se llama Norteamérica".
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